Matt Elliott
Matt Elliott | «Farewell To All We Know» | Ici d’ailleurs | 2020
No importa cuántos discos publique Matt Elliott. Cada uno de sus trabajos es una reafirmación de su capacidad para reinterpretar el dolor, la contemplación y la derrota, como si fueran una especie de materia prima que moldea con precisión, emoción y una conexión abismal con su sombra.
En Farewell To All We Know, Elliott vuelve a presentarse con esa voz profunda que parece venir desde muy adentro de la tierra, arrastrando consigo las cenizas de otras vidas, antiguas, o simplemente pasadas. Su guitarra acústica, sobria y certera, hilvana canciones que cortan el aire con la parsimonia de quien no teme al silencio. Es más, parece buscarlo.
El trabajo ahonda aún más en dimensiones minimalistas, con arreglos muy contenidos —a veces apenas perceptibles— y descansando principalmente en la voz, las progresiones de acordes y algunos recursos rítmicos que hacen flotar los temas en una especie de limbo emocional. En ciertos pasajes, los ecos vocales y los sutiles añadidos electrónicos generan una sensación fantasmal, con la que Elliott consigue reforzar la tensión emocional que habita en sus obras.
Grabado en gran parte en Francia, con la colaboración de productores cercanos como David Chalmin, el álbum pareciera haberse creado en un espacio detenido en el tiempo, inmune al frenesí cotidiano. Lo que emerge es delicado e inquietante, hermoso y angustiante. Es un adiós cargado de amargura, pero también de aceptación.
En un mundo que exige inmediatez y estímulos permanentes, discos como este funcionan como un refugio. Uno sombrío, sí, pero también honestamente humano. Elliott muestra otra vez su habilidad para conectarse emocionalmente con quienes lo escuchan y su negativa a ceder ante las lógicas del mercado. Y en eso, tal vez, radica parte de su grandeza.
