Clock DVA
‘Post-Sign’ doesn’t listen to the future with optimism, but with suspicion.

La influencia del ocultismo en la música no constituye ninguna novedad, particularmente en aquellos sonidos vinculados a la experimentación y las vanguardias. Sin embargo, dicha influencia ha tendido a ser encasillada casi exclusivamente dentro de los márgenes del arte y la cultura, alejándose progresivamente de cualquier vínculo posible con la ciencia, la filosofía o las formas modernas del pensamiento racional.
No obstante, esto no siempre fue así. Si bien el inicio del siglo XXI parece insinuar un renovado interés por las relaciones entre esoterismo, ciencia y filosofía —desde ciertos realismos especulativos hasta corrientes cercanas al neorracionalismo contemporáneo—, su conexión con la música aparece hoy prácticamente obsoleta o relegada a una dimensión puramente estética.
En un intento por restablecer una síntesis entre estas esferas, emerge “Post-sign”: una obra que funciona simultáneamente como apertura y condensación conceptual de un imaginario donde convergen tecnología, misticismo y exploración sonora.
Publicado en 2013 bajo el proyecto Clock DVA y dirigido por Adi Newton, “Post-sign” se adentra en un circuito musical esotérico-científico con una delicadeza poco habitual, sosteniendo una rigurosidad conceptual que evita caer tanto en el fetichismo ocultista como en la mera ambientación retrofuturista.
Editado en una tirada limitada de mil copias por Anterior Research Media Communications, el álbum fue presentado en formato de caja transparente acompañado de un breve texto narrativo de aproximadamente diez páginas, una especie de mini novela técnica y especulativa que extiende el universo conceptual de la obra más allá del soporte musical mismo.
EL PROBLEMA
La carrera espacial no nació como una epopeya científica limpia ni heroica. Sus orígenes se encuentran en fábricas militares, laboratorios de ingeniería bélica y sistemas de trabajo esclavo articulados bajo la maquinaria industrial de la Segunda Guerra Mundial y el Tercer Reich. La producción de los cohetes V1 y V2 constituyó uno de los ejemplos más brutales de la unión entre modernidad tecnológica, racionalización científica y muerte industrializada. Aquella primera cohetería, concebida inicialmente como arma de destrucción, sería posteriormente absorbida tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética, convirtiéndose en el fundamento técnico de la futura carrera espacial. En ese contexto emerge la figura contradictoria de Jack Parsons. Mientras científicos alemanes como Wernher von Braun eran incorporados a los programas norteamericanos como piezas estratégicas del nuevo orden tecnológico, Parsons aparecía desde un lugar completamente distinto: autodidacta, visionario y profundamente influenciado por el ocultismo, concebía el espacio no solo como conquista científica, sino como experiencia espiritual y expansión de la conciencia. Si von Braun representaba la racionalización militar, la tecnocracia y el poder estatal, Parsons encarnaba el impulso visionario, la imaginación esotérica y la búsqueda de contacto con formas de inteligencia no humanas. Ambos deseaban alcanzar el espacio, aunque por motivos radicalmente diferentes.
Lo que aquí comienza a configurarse es la transformación del espacio exterior en un nuevo territorio metafísico. Antes de la modernidad tecnológica, el cielo había sido comprendido como ámbito religioso, místico y celestial; tras la guerra, pasa a convertirse en un escenario científico, geopolítico y militarizado. Sin embargo, lo espiritual no desaparece: simplemente cambia de forma. Los ángeles son reemplazados por extraterrestres, las apariciones por contactos, los rituales por transmisiones y el firmamento religioso por un cosmos habitado por posibles inteligencias desconocidas. En este sentido, la ufología del siglo XX puede entenderse tanto como producto de la expansión científica moderna como de ciertos imaginarios ocultistas surgidos en paralelo al desarrollo tecnológico. No resulta casual que el auge de los relatos extraterrestres coincida con la energía nuclear, la Guerra Fría, la carrera espacial y la expansión de la ciencia militar. Algunos ocultistas como Kenneth Grant llegaron incluso a sostener que las pruebas atómicas habrían abierto umbrales hacia entidades supraterrenales o dimensiones desconocidas. Detrás de estas narrativas subyace una ansiedad profundamente moderna: la sensación de que la humanidad había desarrollado tecnologías que excedían su propia capacidad ética, política y espiritual de comprensión. En ese escenario, los extraterrestres comienzan a ocupar el lugar simbólico que anteriormente pertenecía a dioses, demonios o entidades metafísicas. Y es precisamente ahí donde Parsons adquiere una relevancia singular: mucho antes de que estas conexiones fueran culturalmente visibles, ya había articulado cohetería, magia ceremonial y la posibilidad de contacto con inteligencias no humanas en una síntesis prácticamente inédita para su época.
LA OBRA
“Post-Sign” constituye una recopilación de material grabado por ClockDVA para el sello italiano Contempo Records entre 1994 y 1995 en Florencia y Milán, durante un período particularmente transicional dentro de la trayectoria del proyecto dirigido por Adi Newton. Diversos acontecimientos circunstanciales y problemas de producción retrasaron su publicación durante años, otorgándole retrospectivamente una condición casi arqueológica, como si el álbum hubiese permanecido oculto a la espera de un contexto histórico capaz de decodificar plenamente sus obsesiones.
Según los textos incluidos en la cubierta y material complementario, “Post-Sign” se presenta como una suerte de exposición sonora de los aspectos más oscuros y ambiguos de la NASA y particularmente del Programa Mercury. La obra se articula alrededor de imaginarios vinculados a archivos secretos, tecnología aeroespacial, percepción alterada y fenómenos aéreos no identificados, construyendo una narrativa donde la exploración espacial aparece menos como triunfo científico que como apertura hacia zonas inciertas de la experiencia humana.
Compuesto y producido íntegramente por Newton, el álbum desarrolla trece piezas que expanden el clásico lenguaje tecnológico y atmosférico de ClockDVA hacia terrenos aún más abstractos y especulativos. Desde la apertura con “Phase 4”, emerge inmediatamente esa combinación característica de pulsación mecánica, ambientes electrónicos densos y sensación de vigilancia tecnológica que definió gran parte de la estética del grupo durante los años noventa. Sin embargo, es en “Mercury Project” donde el núcleo conceptual del disco comienza a desplegarse plenamente. Inspirada en los experimentos realizados durante las misiones orbitales del programa Mercury en 1963, la pieza alude a diversos reportes y testimonios de astronautas que afirmaban haber observado objetos voladores no identificados durante trayectorias orbitales alrededor del planeta. Más allá de la veracidad de estos relatos, Newton parece interesado en otra dimensión del problema: el instante en que la tecnología espacial moderna reabre antiguas preguntas metafísicas acerca de la existencia de inteligencias no humanas.
Pistas como “Sigma 7” remiten directamente a algunos de los mejores momentos del período Contempo de ClockDVA, particularmente a trabajos como «Digital Soundtracks» (1992) donde la precisión rítmica y las texturas digitales coexistían con una atmósfera de aislamiento tecnológico y tensión paranoica. En “Post-Sign”, sin embargo, dichos elementos adquieren un carácter más espectral y conceptual, como si la propia música operara no solo como composición electrónica, sino como transmisión parcial de un archivo perdido proveniente de los márgenes ocultos de la carrera espacial.
Luego aparecen piezas como “Exobiological Containment Program”, “The Adoptive Morphology Begins (Fase V)” y “Memories of Kelvin (For Era)”, composiciones que podrían inscribirse dentro de una cierta electrónica espacial, aunque completamente alejadas de la tradición psicodélica asociada al space rock clásico. Lo que “Post-Sign” propone es algo distinto: una estética sonora de alta tecnología, fría y abstracta, cercana a imaginarios postindustriales e incluso abiertamente post-humanistas. Más que evocar viajes cósmicos románticos, estas piezas parecen describir procesos de transformación biológica, protocolos científicos, inteligencia artificial y estados alterados mediados por sistemas tecnológicos. La espacialidad aquí no aparece como contemplación astronómica, sino como desmaterialización de lo humano dentro de circuitos electrónicos, laboratorios y arquitecturas de información.
A ello se suman “Zero Module”, “Project Paper Clip” y probablemente uno de los momentos más logrados del álbum: “Distant Jazz Part 3”. Esta última constituye una de las composiciones más refinadas y emocionalmente complejas del disco. Lejos del exceso grandilocuente que muchas veces acompaña a la electrónica de corte futurista, el tema desarrolla una belleza delicada, elegante y profundamente atmosférica. Sobre una base rítmica de precisión mecánica —sostenida por un bombo seco y constante que remite a ciertos momentos del techno inteligente europeo de los años noventa— Newton construye un paisaje sonoro amplio y panorámico, rico en texturas digitales, reverberaciones y pequeños detalles electrónicos que parecen expandirse lentamente en el espacio. La pieza consigue algo particularmente difícil: mantener simultáneamente una sensación de sofisticación tecnológica y una extraña melancolía contemplativa. En lugar de presentar la tecnología como pura frialdad maquínica, “Distant Jazz Part 3” sugiere un horizonte donde lo humano aún persiste, aunque transformado y parcialmente disuelto dentro de un entorno electrónico de carácter casi orbital.
La inclusión de “Project Paper Clip” dentro del repertorio tampoco resulta casual. La referencia al programa mediante el cual científicos alemanes fueron trasladados a Estados Unidos tras la guerra vuelve a conectar el núcleo conceptual del álbum con la genealogía oscura de la carrera espacial: la transferencia de conocimiento militar, la continuidad tecnológica entre el Tercer Reich y la modernidad aeroespacial estadounidense, y la persistente relación entre ciencia avanzada, poder estatal y secreto institucional. En “Post-Sign”, estos elementos no son tratados como simple conspiracionismo estético, sino como fragmentos de una memoria tecnológica reprimida que el álbum intenta reconstruir mediante sonido, archivo y ficción especulativa.

La recta final del álbum continúa con “Jet Lab JPL” y “The Silencing”, probablemente la pieza que más se aproxima al sonido clásico desarrollado por Clock DVA durante su etapa asociada al período Contempo. Aquí reaparece con claridad esa estética de alta tecnología sonora que caracteriza buena parte de la obra de Adi Newton: producción extremadamente limpia, espacialidad digital precisa y una ingeniería de sonido donde cada efecto parece calculado con exactitud quirúrgica. No existe saturación ni exceso; por el contrario, todo el espectro sonoro opera bajo una lógica de control y sofisticación técnica que termina generando una sensación paradójicamente inquietante. Los bajos, profundos y densos, parecen surgir desde una tecnología ajena a lo humano, como si el álbum entero estuviese parcialmente construido a partir de señales provenientes de otra inteligencia o de un futuro todavía inaccesible. Sin embargo, es en el cierre donde “Post-Sign” revela plenamente su dimensión escatológica. “At the Mountains of Madness”, clara referencia a H. P. Lovecraft y a At the Mountains of Madness, funciona como conclusión conceptual de todo el recorrido previo del disco. La pieza abandona cualquier ilusión futurista optimista y proyecta un escenario donde el desarrollo tecnológico, la expansión científica y la exploración de lo desconocido terminan conduciendo hacia un horizonte de desintegración civilizatoria. La referencia lovecraftiana no resulta meramente decorativa: del mismo modo en que el horror cósmico de Lovecraft confrontaba a la humanidad con fuerzas incomprensibles y anteriores a toda racionalidad humana, “Post-Sign” sugiere que la modernidad tecnológica podría haber abierto puertas hacia dimensiones imposibles de controlar plenamente.
En ese sentido, el álbum parece insinuar que la carrera espacial, la inteligencia tecnológica y la obsesión moderna por trascender los límites humanos contienen desde su origen una pulsión autodestructiva. Lo que comenzó como promesa de progreso terminó transformándose en un paisaje de alienación, vigilancia, mutación y pérdida de sentido. El cierre apocalíptico de “At the Mountains of Madness” no opera únicamente como homenaje literario, sino como advertencia cultural: la posibilidad de que el verdadero destino de la civilización tecnológica no resida en la iluminación científica, sino en una forma inédita de locura cósmica.
La carrera espacial y la ufología nacieron, en gran medida, del mismo trauma histórico: el descubrimiento de que la humanidad había desarrollado tecnologías capaces de exceder sus propios límites materiales, morales y espirituales. El siglo XX convirtió el espacio exterior en el nuevo territorio de lo sagrado, desplazando antiguas estructuras metafísicas hacia un imaginario tecnológico y extraterrestre. La paradoja, sin embargo, resulta brutal: los mismos motores diseñados originalmente para la guerra terminaron alimentando la fantasía de abandonar la Tierra. Entre fábricas militares, rituales ocultistas y visiones de inteligencias no humanas, la modernidad imaginó el cosmos no solo como destino científico, sino también como posible vía de redención.
Es precisamente ahí donde “Post-Sign” adquiere su verdadera relevancia. Más que un simple álbum de electrónica experimental o una exploración estética de imaginarios conspirativos, la obra de Adi Newton funciona como una arqueología sonora de las obsesiones más profundas del siglo XX: la relación entre tecnología y misticismo, entre racionalidad científica y ansiedad metafísica, entre progreso técnico y pulsión de destrucción. El disco parece sugerir que, detrás de la aparente frialdad de la ingeniería espacial y de la lógica militar que impulsó la modernidad tecnológica, persiste todavía una necesidad profundamente humana de trascendencia, contacto y revelación.
En ese sentido, “Post-Sign” no escucha el futuro con optimismo, sino con sospecha. Sus atmósferas digitales, sus referencias a programas aeroespaciales, archivos secretos y entidades desconocidas construyen la sensación de que la civilización contemporánea se encuentra suspendida en un umbral ambiguo: entre la expansión definitiva de la conciencia o su completa disolución dentro de un universo tecnológico que ya ha comenzado a exceder nuestra capacidad de comprensión.

The influence of occultism on music is nothing new, particularly in sounds linked to experimentation and the avant-garde. However, this influence has tended to be confined almost exclusively within the realm of art and culture, progressively distancing itself from any possible connection to science, philosophy, or modern forms of rational thought.
Nevertheless, this was not always the case. While the beginning of the 21st century seems to suggest a renewed interest in the relationships between esotericism, science, and philosophy—from certain speculative realisms to currents close to contemporary neo-rationalism—its connection with music appears today practically obsolete or relegated to a purely aesthetic dimension.
In an attempt to re-establish a synthesis between these spheres, ‘Post-Sign’ emerges: a work that functions simultaneously as an opening and conceptual condensation of an imaginary world where technology, mysticism, and sonic exploration converge.
Released in 2013 under the ClockDVA project and directed by Adi Newton, ‘Post-Sign’ delves into an esoteric-scientific musical circuit with unusual delicacy, maintaining a conceptual rigor that avoids both occult fetishism and mere retrofuturistic imagery.
Released in a limited run of one thousand copies by Anterior Research Media Communications, the album was presented in a transparent box accompanied by a short narrative text of approximately ten pages, a kind of technical and speculative mini-novel that extends the work’s conceptual universe beyond the musical medium itself.
THE PROBLEM
The space race did not begin as a clean or heroic scientific epic. Its origins lie in military factories, war engineering laboratories, and systems of slave labor articulated within the industrial machinery of World War II and the Third Reich. The production of the V1 and V2 rockets constituted one of the most brutal examples of the union between technological modernity, scientific rationalization, and industrialized death. That first rocketry, initially conceived as a weapon of destruction, would later be absorbed by both the United States and the Soviet Union, becoming the technical foundation of the future space race. In this context, the contradictory figure of Jack Parsons emerges. While German scientists like Wernher von Braun were being incorporated into American programs as strategic pieces of the new technological order, Parsons appeared from a completely different perspective: self-taught, visionary, and deeply influenced by the occult, he conceived of space not only as a scientific conquest but also as a spiritual experience and expansion of consciousness. If von Braun represented military rationalization, technocracy, and state power, Parsons embodied the visionary impulse, esoteric imagination, and the search for contact with non-human forms of intelligence. Both desired to reach space, albeit for radically different reasons.
What begins to take shape here is the transformation of outer space into a new metaphysical territory. Before technological modernity, the sky had been understood as a religious, mystical, and celestial realm; After the war, the world became a scientific, geopolitical, and militarized arena. However, the spiritual element did not disappear; it simply changed form. Angels were replaced by extraterrestrials, apparitions by contacts, rituals by broadcasts, and the religious firmament by a cosmos inhabited by possible unknown intelligences. In this sense, 20th-century ufology can be understood both as a product of modern scientific expansion and of certain occult imaginaries that arose in parallel with technological development. It is no coincidence that the rise of extraterrestrial narratives coincided with nuclear energy, the Cold War, the space race, and the expansion of military science.
Some occultists, such as Kenneth Grant, even went so far as to claim that atomic tests had opened gateways to supernatural entities or unknown dimensions. Underlying these narratives was a profoundly modern anxiety: the feeling that humanity had developed technologies that exceeded its own ethical, political, and spiritual capacity for understanding. In this scenario, extraterrestrials began to occupy the symbolic place that previously belonged to gods, demons, or metaphysical entities. And it is precisely here that Parsons acquires singular relevance: long before these connections were culturally visible, he had already articulated rocketry, ceremonial magic, and the possibility of contact with non-human intelligences in a synthesis virtually unprecedented for his time.

THE ARTWORK
‘Post-Sign’ constitutes a compilation of graphic material Recorded by Clock DVA for the Italian label Contempo Records between 1994 and 1995 in Florence and Milan, during a particularly transitional period in the trajectory of the project led by Adi Newton, ‘Post-Sign’ was delayed for years due to various circumstantial events and production problems. This retrospectively grants it an almost archaeological status, as if the album had remained hidden, awaiting a historical context capable of fully decoding its obsessions.
According to the texts included on the cover and supplementary material, ‘Post-Sign’ presents itself as a kind of sonic exposition of the darkest and most ambiguous aspects of NASA, and particularly the Mercury Program. The work revolves around imagery linked to secret archives, aerospace technology, altered perception, and unidentified aerial phenomena, constructing a narrative where space exploration appears less as a scientific triumph than as an opening into uncertain realms of human experience.
Composed and produced entirely by Newton, the album unfolds thirteen tracks that expand ClockDVA’s classic technological and atmospheric language into even more abstract and speculative territory. From the opening track, «Phase 4,» the characteristic combination of mechanical pulse, dense electronic soundscapes, and a sense of technological surveillance that defined much of the group’s aesthetic during the 1990s immediately emerges. However, it is in «Mercury Project» that the album’s conceptual core begins to fully unfold. Inspired by experiments conducted during the Mercury program’s orbital missions in 1963, the track alludes to various reports and testimonies from astronauts who claimed to have observed unidentified flying objects during orbital trajectories around the planet. Beyond the veracity of these accounts, Newton seems interested in another dimension of the issue: the moment when modern space technology reopens ancient metaphysical questions about the existence of non-human intelligence.
Tracks like ‘Sigma 7’ directly recall some of the best moments of ClockDVA’s Contempo period, particularly works like Digital Soundtracks (1992), where rhythmic precision and digital textures coexisted with an atmosphere of technological isolation and paranoid tension. In ‘Post-Sign,’ however, these elements take on a more spectral and conceptual character, as if the music itself were operating not only as an electronic composition but also as a partial transmission of a lost archive from the hidden margins of the space race.
Then come pieces like ‘Exobiological Containment Program,’ ‘The Adoptive Morphology Begins (Phase IV),’ and ‘Memories of Kelvin (For Era),’ compositions that could be classified as a certain kind of spacey electronica, though completely removed from the psychedelic tradition associated with classic space rock. What ‘Post-Sign’ proposes is something different: a high-tech, cold, and abstract sonic aesthetic, close to post-industrial and even openly post-humanist imagery. Rather than evoking romantic cosmic journeys, these pieces seem to describe processes of biological transformation, scientific protocols, artificial intelligence, and altered states mediated by technological systems. Spatiality here doesn’t appear as astronomical contemplation, but as the dematerialization of the human within electronic circuits, laboratories, and information architectures.
Added to this are ‘Zero Module,‘ ‘Project Paper Clip,’ and probably one of the album’s most accomplished moments: ‘Distant Jazz Part 3.’ The latter is one of the most refined and emotionally complex compositions on the record. Far from the grandiose excess that often accompanies futuristic electronica, the track develops a delicate, elegant, and profoundly atmospheric beauty. Over a rhythmic foundation of mechanical precision—sustained by a dry, constant kick drum reminiscent of certain moments in 1990s European techno—Newton constructs a broad and panoramic soundscape, rich in digital textures, reverberations, and subtle electronic details that seem to slowly expand into space. The piece achieves something particularly difficult: simultaneously maintaining a sense of technological sophistication and a strange, contemplative melancholy. Instead of presenting technology as pure machine coldness, ‘Distant Jazz Part 3’ suggests a horizon where the human still persists, albeit transformed and partially dissolved within an almost orbital electronic environment.
The inclusion of ‘Project Paper Clip’ in the repertoire is also not accidental. The reference to the program through which German scientists were transferred to the United States after the war reconnects the core concept.
The album’s theme is intertwined with the dark genealogy of the space race: the transfer of military knowledge, the technological continuity between the Third Reich and American aerospace modernity, and the persistent relationship between advanced science, state power, and institutional secrecy. In ‘Post-Sign,’ these elements are not treated as mere aesthetic conspiracy theories, but as fragments of a repressed technological memory that the album attempts to reconstruct through sound, archival footage, and speculative fiction.
The album’s final stretch continues with ‘Jet Lab JPL’ and ‘The Silencing,’ probably the track that most closely resembles the classic sound developed by Clock DVA during their Contempo period. Here, the high-tech sonic aesthetic that characterizes much of Adi Newton’s work reappears clearly: extremely clean production, precise digital spatiality, and sound engineering where every effect seems calculated with surgical accuracy. There is no saturation or excess; on the contrary, the entire sonic spectrum operates under a logic of control and technical sophistication that ultimately generates a paradoxically unsettling feeling. The deep, dense bass seems to emanate from a technology alien to humanity, as if the entire album were partially constructed from signals originating from another intelligence or a still inaccessible future.
However, it is in the closing track that ‘Post-Sign’ fully reveals its eschatological dimension. ‘At the Mountains of Madness,’ a clear reference to H.P. Lovecraft and his novel At the Mountains of Madness, serves as a conceptual conclusion to the album’s entire journey. The piece abandons any optimistic futuristic illusions and projects a scenario where technological development, scientific expansion, and the exploration of the unknown ultimately lead to a horizon of civilizational disintegration. The Lovecraftian reference is not merely decorative: just as Lovecraft’s cosmic horror confronted humanity with incomprehensible forces prior to all human rationality, ‘Post-Sign’ suggests that technological modernity may have opened doors to dimensions impossible to fully control.
In this sense, the album seems to suggest that the space race, technological intelligence, and the modern obsession with transcending human limitations contain, from their very inception, a self-destructive impulse. What began as a promise of progress ended up transforming into a landscape of alienation, surveillance, mutation, and loss of meaning. The apocalyptic closing of ‘At the Mountains of Madness’ functions not only as a literary homage but also as a cultural warning: the possibility that the true destiny of technological civilization lies not in scientific enlightenment but in an unprecedented form of cosmic madness.
The space race and ufology were born, to a large extent, from the same historical trauma: the discovery that humanity had developed technologies capable of exceeding its own material, moral, and spiritual limits. The 20th century transformed outer space into the new territory of the sacred, displacing ancient metaphysical structures toward a technological and extraterrestrial imaginary. The paradox, however, is brutal: the very engines originally designed for war ended up fueling the fantasy of leaving Earth. Between military factories, occult rituals, and visions of non-human intelligences, modernity imagined the cosmos not only as a scientific destination but also as a possible path to redemption.
It is precisely here that ‘Post-Sign’ acquires its true relevance. More than a simple album of experimental electronica or an aesthetic exploration of conspiratorial imaginaries, Adi Newton’s work functions as a sonic archaeology of the 20th century’s deepest obsessions: the relationship between technology and mysticism, between scientific rationality and metaphysical anxiety, between technical progress and the drive for destruction. The album seems to suggest that, behind the apparent coldness of space engineering and the military logic that propelled technological modernity, a profoundly human need for transcendence, connection, and revelation still persists.
In that sense, ‘Post-Sign’ doesn’t listen to the future with optimism, but with suspicion. Its digital atmospheres, its references to aerospace programs, secret files, and unknown entities create the feeling that contemporary civilization is suspended on an ambiguous threshold: between the definitive expansion of consciousness or its complete dissolution within a technological universe that has already begun to exceed our capacity for understanding.
