Amanda Irarrázabal

Imágenes de portada y diseño: Amanda Irarrázabal. Diagramación y diseño: María Paz Jones.

El Tercer Territorio de Amanda Irarrázabal

Debo confesarlo desde el inicio: “Caudal 2” es, para quien escribe estas líneas, uno de los discos chilenos más importantes y conmovedores de los últimos años, quizás incluso su disco chileno favorito. Esta afirmación no nace de una admiración ciega, sino del encuentro con una obra que parece haber encontrado un territorio sonoro propio: un espacio donde la experimentación más radical dialoga con la memoria afectiva de Chile.

Existen discos que pertenecen a un lugar preciso y, al mismo tiempo, parecen provenir de una región situada fuera del tiempo. “Caudal 2” habita esa paradoja. Su raíz está en la zona central de Chile: sus quebradas, esteros, árboles nativos, una cierta memoria campesina y criolla, un eco rural e incluso colonial que permanece en la sensibilidad de quienes pertenecemos a este territorio.

Pero el gran error sería definirlo simplemente como una mezcla de folclor y música experimental. Lo que Amanda realiza es más complejo. Su formación como contrabajista y exploradora sonora le permite dialogar con lenguajes provenientes de la improvisación libre, la música contemporánea, el dark ambient y las vanguardias del Siglo XX.

Conviene hacer una aclaración: las referencias que aparecen a lo largo de estas líneas —Lindsay Cooper, Henry Cow, Fred Frith, Bill Laswell, Massacre, John Zorn, Naked City, la Escuela de Colonia o Stockhausen— son asociaciones personales de quien escribe, pequeñas señales que aparecen durante la escucha, resonancias afectivas y estéticas, no afirmaciones sobre la intención de Amanda al componer el disco. Son recuerdos de escucha, puntos de contacto, puentes imaginarios de la propia música abre.

Y quizás allí se encuentra uno de los mayores logros de “Caudal 2”: puede evocar la elegancia del rock ‘in opposition’, la libertad de la improvisación radical o la rigurosidad de la música contemporánea sin abandonar una emocionalidad profundamente chilena. Aquello que los grandes experimentadores europeos o norteamericanos no podían contener por razones de geografía e historia aparece aquí transformado: la humedad de un valle central, el sonido de una quebrada, una memoria de tierra y agua.

«Vértigo Fecundo» abre el álbum con una imagen extraordinaria. Hay algo de Violeta Parra atravesando los vitrales de una catedral gótica. Una voz nacida de la tierra que entra en contacto con una dimensión ritual, oscura y experimental. Incluso podría imaginarse un encuentro imposible entre Violeta Parra y Diamanda Galás: la primera entregando la raíz campesina y la sabiduría popular; la segunda, la exploración extrema de la voz y una dimensión casi litúrgica. Entre ambos extremos, Amanda encuentra su propio camino.

En «Aurora en Retirada», una línea de bajo persistente funciona como un mantra. La pieza crece lentamente entre texturas mínimas y pequeñas apariciones metálicas cercanas a lo industrial. Es un disco que exige audífonos de calidad, porque gran parte de su belleza ocurre en detalles casi imperceptibles.

«El Silencio de las Piedras» contiene uno de los momentos más conmovedores del álbum. La voz de Amanda parece transmitir una sabiduría tranquila. Es inevitable asociarla con la imagen de su cabello cano, no como un signo del paso del tiempo, sino como una expresión de serenidad, una forma de habitar el mundo y de escuchar aquello que permanece oculto en el silencio.

«M. Campos de Hielo» representa una suspensión. No posee un verdadero desenlace. Es una transmisión de onda corta proveniente de un lugar que desconocemos: podría venir del pasado o del futuro. Como una señal perdida que viaja por el cosmos, permanece abierta. Su imposibilidad hermenéutica es precisamente su belleza.

A partir de ese momento el disco parece ingresar en una segunda etapa. Aparece una elegancia que recuerda la mejor tradición de la música experimental de los setenta: obras capaces de reunir composición, improvisación, riesgo y emoción sin convertir la complejidad en arrogancia.
La pieza construida alrededor de la palabra «aunar» se transforma casi en una declaración de principios: unir, armonizar, permitir que elementos diversos convivan sin perder su identidad. De alguna manera, esa palabra define toda la operación estética de Amanda.

«Mi cabeza es un panal», con el hermoso contrabajo de Paulina Müller-Viehoff, aporta una calidez inesperada, con una delicadeza que por momentos recuerda una bossa nova suspendida en un paisaje experimental. Es, sencillamente, una delicia.

«Se escribe el pozo» se adentra en una zona más oscura, cercana al dark ambient, con la participación de Pinto Cabezas en el registro realizado en Estudio Granada de Santiago. Sin embargo, esa oscuridad nunca se convierte en desesperación. La pieza alcanza momentos de grandeza épica mediante el contraste entre un fondo caótico y la voz de Amanda, serena y luminosa. Es el antiguo diálogo entre el caos y el cosmos.

Finalmente, «El belloto y su quebrada» niega cualquier idea de final. Su cercanía con la atonalidad, la improvisación libre y la música contemporánea no conduce a una conclusión, sino a un punto suspensivo. No es una despedida. Es un puente. Parece decirnos que esta historia continuará, que la corriente sigue avanzando más allá del último sonido.

Quizás esa sea también la mayor virtud de Amanda Irarrázabal como artista: su ausencia de pretensión. Posee todos los recursos para construir una obra fría o intelectualmente intimidante, pero escoge el camino contrario. Hay una modestia auténtica, una generosidad y una confianza en el sonido que atraviesa cada momento de este álbum.

El verdadero significado de “Caudal” aparece entonces en su propia naturaleza: el caudal es un flujo interminable. No posee un inicio absoluto ni un desenlace definitivo. Se oculta, reaparece, cambia de forma y continúa su recorrido por otros territorios. Del mismo modo, la música de Amanda Irarrázabal no concluye cuando termina el disco; permanece resonando en la memoria del oyente como una corriente subterránea que seguirá encontrando nuevos cauces.

Amanda Irarrázabal

Amanda Irarrázabal’s Third Territory

I must confess from the outset: ‘Caudal 2’ is, for this writer, one of the most important and moving Chilean albums of recent years, perhaps even my favorite Chilean album. This assertion doesn’t stem from blind admiration, but from encountering a work that seems to have found its own sonic territory: a space where the most radical experimentation engages with Chile’s emotional memory.

There are albums that belong to a specific place and, at the same time, seem to come from a region outside of time. ‘Caudal 2’ inhabits this paradox. Its roots lie in central Chile: its ravines, streams, native trees, a certain rural and Creole memory, a rural and even colonial echo that remains in the sensibility of those of us who belong to this land.

But the great mistake would be to define it simply as a mixture of folk and experimental music. What Amanda creates is more complex. Her training as a double bassist and sound explorer allows her to engage with languages stemming from free improvisation, contemporary music, dark ambient, and the 20th-century avant-garde.

It’s worth clarifying: the references that appear throughout these lines—Lindsay Cooper, Henry Cow, Fred Frith, Bill Laswell, Massacre, John Zorn, Naked City, the Cologne School, or Stockhausen—are personal associations of the writer, small signs that emerge during listening, affective and aesthetic resonances, not assertions about Amanda’s intention in composing the album. They are listening memories, points of contact, imaginary bridges that the music itself opens.

And perhaps therein lies one of the greatest achievements of ‘Caudal 2:’ it can evoke the elegance of rock ‘in opposition,’ the freedom of radical improvisation, or the rigor of contemporary music without abandoning a profoundly Chilean emotionality. What the great European or North American experimentalists couldn’t contain due to geographical and historical constraints appears here transformed: the humidity of a central valley, the sound of a ravine, a memory of earth and water.

‘Vértigo Fecundo’ opens the album with an extraordinary image. There’s something of Violeta Parra passing through the stained-glass windows of a Gothic cathedral. A voice born of the earth that comes into contact with a ritualistic, dark, and experimental dimension. One could even imagine an impossible encounter between Violeta Parra and Diamanda Galás: the former offering peasant roots and folk wisdom; the latter, the extreme exploration of the voice and an almost liturgical dimension. Between these two extremes, Amanda finds her own path.

In ‘Aurora en Retirada,’ a persistent bass line functions like a mantra. The piece slowly grows amidst minimal textures and small, almost industrial, metallic touches. It’s an album that demands quality headphones, because much of its beauty lies in almost imperceptible details.

‘El Silencio de las Piedras’ contains one of the album’s most moving moments. Amanda’s voice seems to convey a quiet wisdom. It’s impossible not to associate it with the image of her gray hair, not as a sign of the passage of time, but as an expression of serenity, a way of inhabiting the world and listening to what remains hidden in the silence.

‘M. Campos de Hielo’ represents a suspension. It has no true resolution. It’s a shortwave transmission from an unknown place: it could come from the past or the future. Like a lost signal traveling through the cosmos, it remains open. Its hermeneutical impossibility is precisely its beauty.

From that moment on, the album seems to enter a second stage. An elegance emerges that recalls the best traditions of 1970s experimental music: works capable of bringing together composition, improvisation, risk, and emotion without turning complexity into arrogance.

The piece built around the word ‘unite’ becomes almost a declaration of principles: to unite, to harmonize, to allow diverse elements to coexist without losing their identity. In a way, that word defines Amanda’s entire aesthetic operation.

‘Mi Cabeza es un Panal,’ with Paulina Müller-Viehoff’s beautiful double bass, brings an unexpected warmth, with a delicacy that at times recalls a bossa nova suspended in an experimental landscape. It is, quite simply, a delight.

‘Se Escribe el Pozo’ delves into a darker area, closer to dark ambient, with Pinto Cabezas participating in the recording made at Estudio Granada in Santiago. However, that darkness never turns into despair. The piece reaches moments of epic grandeur through the contrast between a chaotic background and Amanda’s serene and luminous voice. It is the ancient dialogue between chaos and cosmos.

Finally, ‘El Belloto y su Quebrada’ denies any notion of an ending. Its proximity to atonality, free improvisation, and classical contemporary music, doesn’t lead to a conclusion, but to a pause. It’s not a farewell. It’s a bridge. It seems to tell us that this story will continue, that the current keeps flowing beyond the last sound.

Perhaps that is also Amanda Irarrázabal’s greatest virtue as an artist: her lack of pretension. She possesses all the resources to construct a cold or intellectually intimidating work, but she chooses the opposite path. There is an authentic modesty, a generosity, and a confidence in the sound that permeates every moment of this album.

The true meaning of ‘Caudal’ then appears in its very nature: a flow is an endless current. It has no absolute beginning nor a definitive end. It hides, reappears, changes form, and continues its journey through other territories. In the same way, Amanda Irarrázabal’s music doesn’t end when the album finishes; it remains resonating in the listener’s memory like an underground current that will continue to find new channels and paths.

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Jan Klaus

Musick, Sociology, Occultism, Curatory

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